
Para que los potenciales clientes me pregunten, nos pregunten, lo menos posible cualquier caracteristica y/o precio de cualquier articulo de la tienda, ponemos, como en cualquier establecimiento de este planeta con dos dedos de frente, unos carteles de precio al lado de los productos.
Estos carteles, de tamaño variable segun su ubicación, los confeccionamos a medida que entran nuevas referencias o, las que están ya presentes, cambian, o las hacemos cambiar, de precio.
Por regla general, la durabilidad de esos letreros es amplia y, aunque a veces se nos escapa alguna referencia, todos los productos de la tienda tienen su precio.
Y aquí viene lo bueno.
Hace aproximadamente un mes empezamos a detectar que, dia sí y dia tambien, carteles que lucian esplendorosamente su porte al lado de sus articulos, desaparecian sin dejar rastro.
El lunes lo hacías, el martes comprobabas que estaba, y el miercoles un cliente te preguntaba por el precio de la lavadora, pues el cartel se había evaporado.
Gracias a dios tenemos circuito cerrado de television y, aunque pudiera parecer una chorrada propia de un alucinado, le comentamos el incidente al personal de seguridad.
Estos se pusieron manos a la obra y, al día siguiente, teniamos la respuesta a la incognita.
Un individuo, con camisa y corbata sospechosa, entraba a la tienda, se daba unas vueltas como aquel que no quiere la cosa y, disimulando como un conejo, agarraba los portaprecios y extraia de ellos aquellos carteles que, en su paranoia, consideraba interesantes. Acto seguido, salía por la puerta como si el asunto no fuese con él.
Pero el día de autos se convirtió en aciago para él.
Tras haberlo identificado solo traspasar la puerta de entrada, el agente Johnson de seguridad y mantenimiento (nombre ficticio), le sigue por las camaras. El pollo se aproxima al departamento de informatica y, zas, coge un precio, lo dobla, y se lo pone en el bolsillo, dando media vuelta en direccion a la salida.
Pero, hay dios, no se podía imaginar que, el segundo agente Johnson, allí le estaba esperando.
Con cierta teatralidad, se le da el alto, interrogandole por el contenido de sus bolsillos.
El hombre, asustado como una gamba, extrae de ellos el resultado de sus fechorías, tendiendoselo al segurata. Éste, extrañado por su comportamiento, le recrimina su anómala actitud y le pregunta el fin último de ese acto.
El hombre no consigue hilvanar palabra alguna, abochornado y enrojecido.
Como no podemos enchironarlo por robar carteles, le conminamos a que no vuelva a hacerlo, so pena de excomunion.
El hombre, casi demacrado por la tensión, hace mutis por el foro.
Y hasta aquí, en teoría, habríamos llegado al culmen de la historia.
Pero no.
Al dia siguiente se nos presenta en tienda el susodicho, nuevamente abochornado hasta las orejas, portando ¡¡los carteles que había robado días atrás!!.
La estupefaccion de los agentes Johnson y Johnson no alcanzaba limites.
Por lo visto, el sujeto tenia una extraña variante de cleptomania, que no podía hacer desaparecer, la cual le forzaba a realizar robos raros. No obstante todo ello, los remordimientos fueron mayores que la verguenza y, venciendola, nos devolvió lo hurtado.
Curioso caso de robo.
Y lo mas curioso es que no fue el único sujeto que cazamos.
Tambien pillamos a un enviado de la tienda de enfrente (sí, aquella que puso, en una apilacion, el letrero de "solo hoy" y lo mantuvo un mes), robando los mentados precios.
Pero este canalla lo hacia con otro fin pues, al volatilizar los carteles, lo que conseguía era nuestros precios (con un simple papel y boli le hubiesen bastado para anotarlos) y, sobre todo, que en el inpas ente que él quitaba el precio y nosotros lo detectabamos, a lo mejor alguna venta se perdía, derivandose hacia su tienda.
La desesperacion produce aberraciones.
En fin, eso es todo
Un saludo a Tegucigalpa.
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